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Vale, ya sé que es una tontería, pero no me resisto a publicar el final de la serie Correcaminos.

Señoras, señores, para todos los amantes del Coyote, aquí está por fin, la captura del bicho:

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Me he decidido a publicar una canción que me gusta, sólo para limar asperezas después del enorme post anterior. Además así pruebo qué tal funcionan los widgets de Grooveshark, que permiten escuchar la música sin tener que subirla previamente.

Me entero vía Facebook de que un caro amigo se ha hecho admirador de un grupo, o página, o lobby, o secta cuyo nombre traducido al castellano es “El calentamiento global, otro mito sin probar”. Como en Facebook uno tiene que identificarse para hacer flaming, me voy a permitir publicar en este foro más anónimo mi comentario, a sabiendas de que la persona en cuestión está suscrita al feed. Y la verdad es que se me vienen a la cabeza tantas ideas y tantos argumentos que no sé por dónde empezar. Artículo por tanto que va directo a la categoría de ramblings.

El problema del calentamiento global debería ser algo que se tratase en foros científicos, y que una vez logrado un consenso aceptable se trasladase al poder ejecutivo para que, si procediese actuar en consecuencia, tomase las decisiones que hubiera que tomar. Como siempre, agitan el tema desde la prensa, y el griterío nos impide oír con claridad. Los titulares van desde “amenaza inminente” hasta “bulo infundado”. Y como en este país, ya se sabe, si la COPE dice que es de día la SER dice que es de noche, y si la SER dice que llueve entonces la COPE dice que hace sol, yo lo que hago es pasar ampliamente de la prensa. Como el primo de Rajoy ha hablado sobre el asunto, ya la tenemos liada: los del PSOE son todos de una opinión, y los del PP de la contraria. Es como nacer en Barna y ser del Atletic: presque impossible. Y así tenemos infinidad de publicaciones que, tratando el tema, en realidad no son más que afirmaciones ideológicas del autor, posicionamientos tribales al estilo de los primates que tan simpáticos nos parecen en 2001: Una odisea del Espacio y tan terribles en cualquier otra circunstancia – y si no que se lo pregunten al cráneo hendido por la tibia. Se reconocen fácilmente examinando el perfil del sujeto porque NUNCA VIENEN SOLOS. Cada vez que alguien argumenta sobre el calentamiento global desde posiciones ideológicas en vez de científicas se pueden encontrar muy cerca, a poco que se mire, variados argumentos que permiten posicionar claramente al polemista en uno u otro lado de la arena política nacional (estoy convencido de que también de la internacional, pero no tengo pruebas), ya que precisamente, posicionarse ideológicamente es la finalidad principal de la argumentación, por encima de dar luz sobre el asunto tratado.

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Dejemos de lado, por tanto, las estériles praderas mediáticas, y volvamos al meollo del tema: el calentamiento global. En primer lugar (en lugar principal), ¿porqué es un problema que debamos tratar? ¿No se calienta todo el planeta cíclicamente para luego volver a enfriarse? ¿No es por tanto un fenómeno tan natural como la sucesión de las estaciones? ¿Quiénes son esos agoreros que turban nuestra armonía con la naturaleza etc etc…? Basta, basta; ya nos estamos saliendo del tema. En cuanto se empieza a hablar de agoreros ya entramos en el plano ideológico. Si por el contrario hablamos de conspiraciones del poder para no hacer nada ante la catástrofe también pecamos por el mismo lado. Lo primero es aclarar si hay problema o no.

Es un hecho constatado que a lo largo de los siglos se han producido y se seguirán con toda probabilidad dando importantes variaciones en la temperatura media en el planeta. Sería un error, creo, pretender que se puede predecir el día y la hora en que el próximo cambio de tendencia sucederá, así como la rapidez con que tendrá lugar. En todo caso, ¿debe preocuparnos el cambio en sí? Tomemos el símil de la primavera y el invierno. Asumiendo que ahora estuviera en primavera o verano, no quisiera verme en un paisaje invernal con mis camisetas de manga corta o mis bermudas tan coquetonas. Durante el régimen soviético, millares de personas fueron deportadas desde la mediterránea Georgia hacia Siberia sin equipaje y vestidas con ropa de verano. El viaje se prolongó y llegaron a su destierro en plena temporada invernal. Muchos murieron casi igual que los mamuts que siguen apareciendo hoy día, sorprendidos por el temporal mientras llenaban sus estómagos de verde hierba. O sea, que algo tan natural como la sucesión de las estaciones es un problema Y GORDO cuando te pilla mal preparado. Para eso se han creado en todo el mundo los servicios meteorológicos, y ya puestos, a otra escala, los paraguas. En el otoño, lo que hace la gente avisada es cortar troncos y apilarlos frente a la cabaña. Luego si el invierno viene bueno, pues genial.

Nadie ha visto a la vez llegar y pasar un calentamiento global, ni una glaciación. La vida humana es demasiado corta. Hemos medido hasta dónde llegaron los hielos en la última glaciación, y sabemos que en otro tiempo Argelia era el granero de Roma. Encontramos ruinas de prósperas ciudades en medio de la arena del desierto, y constatamos que los que una vez fueron paraísos pueden, con el correr del tiempo, volverse eriales. Curiosamente, nunca he oído que los eriales se hayan vuelto paraísos en nuestra escala de tiempo. Es como sifuera más fácil estropear que arreglar. La verde Grecia de los poemas clásicos es hoy un abrasado secarral a orillas del Egeo, y los puertos de donde partieron las naves de Ulises están cegados por la tierra erosionada que los ríos han arrastrado al mar. Ningún problema: dentro de unos miles o millones de años no dudo que el paisaje se pueda haber regenerado hasta el punto de permitir alimentar a una nueva y pujante sociedad como la griega. Contemplado a escala planetaria sí que hay un problema. Los pueblos trashumantes arrasaban un paraje y se movían al siguiente, pero esa solución ya no funciona porque el mundo está lleno de gente. Oleadas de pueblos nómadas  convergieron sobre el embudo que es Europa occidental y se consumieron peleando por los recursos en tiempos de Roma (germanos y eslavos) y en la edad media (tártaros, mongoles…). Antes ya había sido así, pero no tenemos historia. Los pueblos celtas, tan amados por ciertos nacionalistas del culo de botella atlántico, en realidad eran centroeuropeos. En el renacimiento aún se pudo ir a América a esquilmar lo que a los ojos europeos parecían tierras vírgenes. Y en los siglos XIX y XX se despojaron las tierras africanas a sabiendas de que estaban densamente pobladas. La ley del más fuerte.

Ahora ya no hay tierras vírgenes. Algún imbécil propone ir y explotar la Antártida: con la tecnología actual no quiero ni pensar en los resultados. Lo que tenemos es lo que hay, y cuando se acabe, pueden hablar las bombas (siempre acaban hablando) o podemos pasarlo muy muy mal. Ya se sabe, la historia esa de que los chinos también quieren petróleo. Lo de Irak puede que haya sido sólo un ensayo, que de momento ha ganado Occidente EEUU.

Por si alquien cree que divago, lo que quiero decir es que hasta ahora, los cambios más o menos irreversibles en las condiciones del medio se resolvieron con grandes migraciones a tierras vírgenes, o invadiendo otros países si había esa posibilidad. Pero con el mundo atestado no queda a dónde ir. Pensemos hipotéticamente que los diques de Holanda fallasen y su población perdiera el fértil suelo que ha tardado quinientos años en crear. ¿Serían los nuevos gitanos? ¿Una masa de millones de personas vagando sin rumbo por Europa? Ja. Si yo fuera un político holandés estaría muy atento a cuantas informaciones tuviese sobre las posibilidades de subida del nivel del mar.

Me diréis, “pero los cambios de que hablamos acontecen en una escala temporal muy dilatada, no son cuestión de diez o veinte años”. Ocho años son ciertamente “largo plazo” para un político, porque probablemente ya haya dejado el cargo para cuando transcurran. Sólo así se explican ciertas urbanizaciones en el fondo de torrenteras o en el cauce de ríos secos. Sé de un prado en un recodo del río Sella que cada cincuenta años aproximadamente es anegado por las aguas (y creedme, estando como está en el lado convexo de la curva, no es un sitio agradable para sufrir la avenida). En cincuenta años la gente puede nacer y morir, se puede forrar y arruinar varias veces, y así se explica que hoy es el solar de un idílico apartotel con su barbacoa y sus columpios para los niños. Al que se lo lleve la riada por la noche, que chille, y luego ya pediremos la indemnización a las autoridades. Volviendo a los plazos, no es lo mismo una riada que pasa en una noche a un cambio climático global, para el que se necesitarían milenios. ¿Milenios? Mar de Aral, Asia central. Hagamos fértil la estepa interminable. Tomemos agua de los ríos, edifiquemos embalses, démosle regadíos al pueblo, mejoremos la calidad de vida, creemos vergeles en medio del páramo. El sueño no duró ni diez años. Privado del aporte fluvial, el mar de Aral se seca. El régimen de lluvias se altera, el suelo se saliniza. Ahora existe Aral-Kum (desierto de Aral) en el mismo lugar donde faenaba una dinámica flota pesquera. Los barcos oxidados todavía se pueden ver varados en medio del viento y la arena. Todo ocurrió en el plazo de media vida humana. No existe tecnología capaz de devolver las cosas a su estado anterior en menos de doscientos años siendo optimistas, eso suponiendo que se empezase a poner en práctica hoy mismo. Ahora imaginad a Borat y sus compatriotas emprendiendo el magno proyecto de salvar Aral.

¿Hablamos de la Isla de Pascua? Tardaron bastante más en pifiarla (sus medios eran más rudimentarios que los actuales), y además, a cambio de sus árboles y todo su ecosistema nos dejaron estatuas de estilo étnico muy llamativo. Rompo una lanza por los habitantes de la isla alegando que, al menos, no tenían ni idea de lo que estaban haciendo.

Los ejemplos anteriores apuntan a que el ser humano puede provocar cambios radicales en el medio con mayor rapidez de la que creemos, incluso si, como en el caso de Pascua, una sola generación no basta para reconocer la transformación (recordad el robredo de Corpes, donde por muertas las dexaron a las fijas del Cid). Esta semana, conduciendo de Llanes a Villaviciosa, o sea en pleno “Paraíso natural” asturiano, intenté descubrir alguna cosa que no estuviera modificada por el hombre. Los prados, los árboles, las peñas que sobresalen entre los tojos… nada es como habría sido sin la actividad humana. No estoy diciendo que esté mal, digo que es así por causa humana, y me cuesta imaginar cómo puede haber sido ese paisaje hace doscientos años. A mi madre le cuesta reconocer su pueblo natal como era hace setenta años; tanta ha sido la deforestación, dice. En el río que cruza mi ciudad -y que puedo vadear descalzo sin mojarme las rodillas- se descubrieron hace pocos años restos del muelle donde amarraban las chalanas para atravesarlo. ¿Dónde está el agua que falta? El cambio ha sido en cien años, y de hecho, en el himno del equipo de fútbol local aún se mencionan esas barcas.

Volvamos al calentamiento global, dejémonos de talas incontroladas o especulaciones urbanísticas, que son minucias.

Punto 1 : ¿deberíamos estudiar la posibilidad o supuestos mecanismos de éste?  Punto 2 : ¿es relevante la intervención humana para el cambio?

Aquí está el punto de enfrentamiento, y he aquí el meollo de la cuestión. En primer lugar, todos los charlatanes del mundo exigen a grandes voces que los científicos estudien el disparate que ellos han soltado a discusión pública: “estúdiese la posibilidad de que haya extraterrrestres entre nosotros”, “estúdiese si existe la telepatía”, “¿cómo es posible que la ciencia ignore casos como las caras de Vélmez?”, etc etc. Y yo digo, la investigación científica nace de la curiosidad, y se alimenta de la necesidad.

Claro está, la meticulosidad del método científico y el tiempo de dedicación que conlleva hace que no podamos prestarnos a estudiar mamarrachadas como las profecías de Nostradamus o ideas peregrinas (:-)) como el sexo de los ángeles. El científico parte de una hipótesis, tiene que haber algo que lo incite a estudiar el fenómeno. Yo nunca haré un estudio científico sobre el mus porque el mus me interesa un carajo, pero un matemático supongo que podría desarrollar sus teorías de los juegos  a partir del mus llegada la ocasión. A veces se hacen descubrimientos por serendipia, pero en general la ciencia avanza con pasos cortos y sobre caminos seguros. Lo demás es ir corriendo por campos minados, que igual nos llevan a finales felices, o más a menudo a terribles decepciones. Hoy nos podemos reír de la expedición que financió aquel rey de Portugal en busca del unicornio, pero es que con los conocimientos de la época se estaban gastando sus dineros en algo tan trascendental como la cura del cáncer es para nosotros. Bien por el monarca.

Hablar del calentamiento global como “otro mito sin probar” supone a mi entender situar la cuestión al mismo nivel que la isla del Preste Juan, los alienígenas de Ganímedes o el terrible Yeti. Supone que estamos hablando por hablar, dándole pábulo a invenciones más o menos mediáticas inventadas por los del otro lado de la cerca política para confundirnos. Y no es así.

La discusión sobre el calentamiento global nació en el seno de la comunidad científica, cuando salieron a la luz datos sobre patrones de cambios en la composición de la atmósfera que parecían concordar con lo que se cree que pudo producir cambios climáticos en la antigüedad. Esos datos dieron lugar a las hipótesis, que darán lugar a multitud de teorías, y los estudios continúan. Sólo las matemáticas son ciencias exactas. Sólo en las matemáticas existen teoremas. Las que conocemos como leyes de la Física están sujetas a revisión si la evidencia las contradice. Así sucedió en el pasado y sucederá en el futuro, y ello no supone un fracaso del método científico, todo lo contrario. Recordemos que un investigador puede equivocarse, pero el método hasta ahora no ha fallado jamás. Mientras no se encuentra la ley que gobierna los fenómenos observados se intenta ir encajándolos, y se discute sobre la naturaleza del rompecabezas, fase en la que por lo visto estamos actualmente.

Hay algo curioso, sin embargo: en la comunidad científica no se está discutiendo principalmente sobre si se está produciendo o no un cambio climático, ni sobre sus causas, sino sobre su magnitud y efectos. Prácticamente ningún científico de renombre niega que las evidencias apuntan hacia ese cambio. Lo que se desconoce es cuán profundo será y cuáles sus consecuencias, sobre las que hay opiniones dispares. Yo he visto el famoso vídeo de Gore, y la réplica que le hicieron (y fue mucho menos publicitada) para refutarlo. Considero que esa réplica era un vídeo ad hoc, y por tanto no me chocó que repitieran el mismo argumento una y otra vez a lo largo del metraje de forma un tanto machacona (vamos, que me alineo con Gore). Pero independientemente de esto y a pesar de la disparidad de puntos de vista, creo que llamar al cambio climático “otro mito sin probar” es una equivocación gravísima.

Charles Darwin tardó años en decidirse a publicar su teoría sobre el origen de las especies por miedo a lo que podrían pensar de él quienes dominaban las corrientes de pensamiento imperantes en la Inglaterra victoriana. Se temía que, si no lo mandaban a la hoguera directamente, lo condenarían al ostracismo intelectual, equiparándolo a los charlatanes que en las ferias intentan dar gato por liebre a los papanatas, o poniéndolo al mismo nivel que los astrólogos o los cazadores de sueños. Sin embargo cuando el libro vio la luz sus ideas fueron aceptadas con una rapidez sorprendente hasta para él mismo. Y es que no se podía negar la evidencia.

Si teorías tan rompedoras como la darwiniana fueron aceptadas por la sociedad de su época (la propia iglesia jamás la ha refutado, tal vez por estar escaldada desde los tiempos de Galileo), sorprende tanta vehemencia en demostrar que un posible cambio climático -algo que ya ha sucedido en el pasado- sea un mito. ¿A qué se debe esa resistencia?

Retomemos ahora el punto 2 mencionado arriba, a saber, ¿es relevante la actividad humana para el cambio climático?

Decía el célebre detective “Cherchez la femme“. Los romanos, padres del derecho criminal, eran más pragmáticos, y preguntaban: Qui prodest?

Actividad humana… Esto empieza a parecerse a las urbanizaciones descontroladas, a las deforestaciones, al Exxon Valdez.

Aunque ya he expresado mi opinión sobre el tema, tengo claro que, independientemente de si quienes opinan que el ser humano está influyendo (agravando) en los efectos del cambio climático tienen razón o no, a ciertos agentes económicos con bastante poder y capacidad de formar opinión no les interesa estar en el punto de mira. Cuando posees los derechos de explotación forestal de media Amazonia no te puede agradar escuchar cada día decir que los árboles que cortas son imprescindibles para la supervivencia del planeta. Si todos piensan que las teorías sobre el cambio climático son un mito, nadie te señalará con el dedo, y si, llegado el caso, el mundo se va al garete, serás tú el que se pueda pagar el último litro de gasolina, la última vaca de carne, el último jardín con riego por aspersión, la última botella de oxígeno.

Y eso es lo que importa.

(El próximo post , sobre Chiquito de la Calzada. O sobre toros. O júrgol. Que no falte el júrgol)

Recuerdo que hace años un pariente me recriminó amargamente porque según él yo pretendía perjudicar a determinados colectivos. Mis palabras, más o menos, habían sido en el sentido de que era conveniente discriminar entre A y B, unos y otros. No comprendía el buen hombre que la palabra “discriminar” en su acepción culta significa distinguir, y que lo censurable es hacer discriminación negativa, porque discriminar en sí no tiene connotaciones positivas ni negativas. Algo parecido me está pasando ultimamente con las palabras del título. Oigo las palabras utilizadas siempre con su sentido más reducido, hasta el punto de que la gente se ha olvidado de su verdadero significado.

Sobre el holocausto nada que decir en principio. Cuando un ejemplo de una clase se vuelve más importante que los otros, todos tendemos a utilizarlo exclusivamente. Así nuestros mayores todavía hablan de La Guerra cuando quieren decir la Guerra civil española de 1936. En cambio sobre la ablación la cosa cambia. Estar en contra de “la ablación” es como estar en contra de “la apertura” o de “las colocaciones”. Ablación es un término médico que no tiene nada que ver con la mutilación genital salvo cuando se usa para la mutilación genital, como la apertura no tiene nada que ver con la tortura  si no se emplea para abrir cárceles, o las colocaciones con el fraude fiscal si no se emplean para colocar dineros en cuentas extranjeras. Cuando alguien me dice que está contra la ablación me quedo callado, porque no puedo estar en contra de algo que en sí mismo no significa casi nada. Me imagino que tal vez hay gente que usa el término como nuestros abuelos “la Guerra”, pero me consta que para muchos ablación es palabra de un solo significado, a saber, ablación del clítoris (o ablación de los órganos genitales en general) por motivos religiosos. Me imagino a dos cirujanos discutiendo su última intervención y a algún ignorante recriminándoles practicar ablaciones sin saber de qué está hablando.

¿Hay quien crea que en Holocausto caníbal los nazis se comían a los judíos? Pues eso.

Entra uno tan de tarde en tarde en este blog que ni se acuerda de cómo funcionan las cosas. Le he dado al botón equivocado y una entrada se ha volatilizado. No sé cuál era. Lo siento.

Los nuevos iPod

Tengo un nuevo iPod Touch de 32GB. Tal vez algún día me anime a escribir la VERDADERA razón por la que lo compré; hoy aquí escribiré la justificación oficial.

Mi biblioteca musical ocupa 20 GB, y el viejo sólo me permitía almacenar una fracción del total. Como soy bastante vago para hacer una selección manual, dejaba en manos del algoritmo de iTunes la tarea, que al final no quedaba ni de lejos como yo quería. Ahora tengo todas mis canciones en el nuevo juguete y aún me sobra espacio. Por lo demás:

1. El diseño es más redondeado que la versión anterior. A mí me gusta menos, porque soy un amante de las líneas rectas.

2. Viene con altavoz y botones de volumen. Una mejora que echaba de menos y que se agradece en más de una ocasión.

3. Por lo que he podido constatar hasta el momento las baterías duran bastante menos que en el modelo anterior (es cierto que lo estoy usando sin auriculares la mayor parte del tiempo).

4. La sensibilidad para captar redes inalámbricas me parece muy inferior a la del modelo anterior. Los he tenido uno al lado de otro durante días, y mientras el viejo marcaba señal de normal a alta, el nuevo ni se enteraba…

5. Todavía no se puede oficialmente abrir el modelo nuevo, o sea que tengo que conformarme con los programas de la Apple Store. Una desgracia.

6. También es una desgracia que para poder usarlo tuve que actualizar iTunes, lo que implicó perder la compatibilidad con los modelos de las dos generaciones últimas. Ahora tengo en dos ordenadores dos versiones distintas de iTunes, y ya empezaron los problemas del tipo “La biblioteca de iTunes se creó con una versión no soportada” etc.

El nuevo iPod Touch

El nuevo iPod Touch

Sobre la ira

En la cena de este jueves intenté por tres veces convencer a los comensales más cercanos de que uno de nuestros problemas comunes se podría resolver mejor si evitásemos la ira al discutirlo. Se trataba de una tontería que hablando podría solucionarse y callando quizá olvidarse. Las tres veces los que estaban cerca de mí prefirieron utilizar los argumentos de la ira. Recuerdo poco más, salvo que el vino estaba medio bueno.

El mundo actual nos condiciona para ser irascibles. La televisión es el gran artilugio catártico en todos los hogares; su mejor arma las series violentas. He visto un programa donde los vecinos de un pueblo de Alaska resuelven su estrés a base de destrozar ordenadores a martillazos. En otro unos jóvenes estadounidenses se dedicaban a descerrajarles cartuchazos a tazas de váter en un descampado. Parece ser que era muy relajante.

En un juicio del que hablaban en las noticias hace unos días, los acusados de torturar hasta la muerte a un indigente alegaron EN SU DEFENSA que no habían tenido intención de matarlo y que lo habían hecho sólo por divertirse.

Me quedo perplejo.

La ira

Asturias tiene multitud de cementerios hermosos, seguramente porque posee los paisajes más impresionantes. De hecho, me sorprende un tanto que todavía no hayan desalojado el camposanto de Luarca para construir chalecitos con vistas al mar. La aldea de Argolivio puede presumir de un pequeño cementerio situado inmejorablemente, como de película irlandesa o novela decimonónica. Con un poco de suerte, a mí me enterrarán mirando al sol y a los campos apacibles del pueblo natal de mi madre.

Hoy he ido a un entierro en Moreda, en plena cuenca minera asturiana. A mí me gustan la mar y el monte verde. Mieres, Langreo y demás me sugieren un mundo fabril fuera de equilibrio. Lo estrecho de los valles hizo que las casas se asentasen en laderas pronunciadas y respirasen desde arriba el humo de las industrias al pie de los ríos. Me parece que moverse por la comarca debe suponerles a los lugareños un esfuerzo terrible, porque las distancias a vuelo de pájaro se triplican cuando hay que bajar y volver a subir para ir a cualquier sitio. Se da en la cuenca además ese paisaje industrial que uno se encuentra en Torrelavega o el país Vasco y que inmediatamente evoca la crisis perpetua y el enfrentamiento no resuelto entre lo rural ancestral y lo brutal del progreso. No conocía Moreda, que me causó una impresión bastante decente (aceras, mobiliario urbano, ordenación del tráfico, amabilidad de los policías municipales). El trayecto hasta el cementerio desde la plaza de la iglesia está bien señalizado. Han conseguido crear un aparcamiento al que se accede a golpe de volante por una rampa empinada, y desde él se ve ya el cementerio, quiero decir, las tumbas.

Según entiendo, tiene forma de L, con uno de los brazos (¿el corto?) ocupado por los nichos y el otro por los panteones. Nada de cipreses, nada de hierba. El suelo está hormigonado, seguramente para evitar las avalanchas de barro que de lo contrario se formarían en aquellos desniveles. Sospecho que por la carestía del espacio incluso los panteones han tendido a construirse en vertical. Cuando uno entra en el recinto pierde las referencias exteriores y se ve como en un laberinto de altos nichos edificados en calles que parecen no tener salida. Es un cementerio borgiano: acércate al final de la calle, ya tocando la pared, y descubrirás el acceso a la otra sección (iba a decir al otro barrio, pero me parece un mal chiste) escondido y estrecho como una callejuela medieval.

Llegados al sector de los panteones nos es más fácil la orientación. Mirando hacia arriba se ve a la derecha la mole del tanatorio (menuda palabra), y a la izquierda la silueta del pozo San Antonio, creo, que no sé si aún está activo. ¿Qué pensarían los mineros cuando bajaban a picar por las mañanas? ¿Y los sepultureros cuando cavan a las cinco de la tarde? ¿Se habrá dado alguna vez un encuentro a lo túnel de la Mancha, con los trabajadores de ambos lados saludándose sonrientes? Seguro que más de uno ha pensado en la descabellada idea de un derrabe, con ataúdes en vez de costeros cayéndoles encima a los picadores. Pero es que los rituales de la muerte son tan pragmáticos como los de la vida, y si el único solar disponible está al lado del pozo, pues ahí se planta el camposanto, qué leches, y cuando ya no quede terreno para panteones en el Madrid de los Austrias o mejor dicho en las ramblas de Moreda, trazamos un ensanche y a vender manzanas de nichos, ni un parque ni una brizna de hierba en el paisaje como no sean las flores muertas de los vasos. Daban ganas de abrirse paso a codazos, hasta que mirabas en derredor y veías que no había nadie, que el agobio venía de la estrechez de las avenidas en medio de las tumbas.

En una de las calles que bajan, posiblemente la principal, hay un monumento ciclópeo en forma de cruz. Me doy cuenta ahora de que está tallado en mármol blanco, pero cuando lo miraba esta tarde me pareció piedra gris. Ese color se ha instalado sobre la superficie visible de cuantas lápidas o paredes se han construido en mármol blanco en el cementerio de Moreda. Claramente la gente lo sabe, en la cuenca se lavan las camisas dos veces al día. La solución que han encontrado al problema de las lápidas ha sido horrible: una de cada dos sepulturas está hecha de material negro, que es más sufrido. El resultado es un dédalo informe de apretujadas tumbas negras o sucias delimitado por altas paredes de piedra y mortero en la pendiente de un valle donde el polvo común puede suceder al hollín del carbón como elemento omnipresente. Al final va a resultar que los cementerios son reflejos de las poblaciones que los acogen, y así en el de Luarca se escuchan las olas, en el de Argolivio las abejas de los prados vacíos y en el de Moreda el rumor incesante de una ciudad que no sabe muy bien hacia dónde crecer.

Se había levantado un viento de cuchilla por la tarde a la salida del entierro. Eso sí, lucía un sol radiante, y algo en el pecho muy adentro lo agradeció casi a gritos.

Hablo con colegas, leo la prensa, me fijo en anuncios y encuentro a cada paso referencias a temas que he tocado en este blog ultimamente. El primer impulso que tienes cuando te sucede algo así es sentirte Dios: esto ya lo dije yo, de eso ya he hablado, yo me fijé en aquello antes que vosotros… Pero la verdad es que fatiga un tanto la repetición de motivos (This is England y La vida de los otros parece que se han puesto de moda (???)), hasta el punto de que parezco un imbécil cuando alguien trae estas películas a colación, porque no me sale del cuerpo ya decir nada. Pensar es suficiente. Repetir a otros el mismo flujo de pensamiento que uno tuvo hace días o meses es propio de profesores sin imaginación, o de maníacos obsesivos, o de gilipollas directamente.

Un amigo muy amigo mío cada vez que ve que un chascarrillo suyo tiene éxito lo repite a cuantas personas se tropieza sin alteraciones, hasta el menor gesto o inflexión de voz. No se da cuenta que suelo estar a su lado y ya he oído la historia seis o siete veces. Se lo consiento porque somos amigos, pero me cansa. Y así he estado de un tiempo a esta parte escuchando a la gente alabar con razón las dos pelis de arriba, y ya no digo nada. La tragedia es que cuando vives en una comunidad muy pequeña o cerrada lo que escribo te puede pasar a cada rato, porque el contacto cercano uniformiza. Recuerdo a un par de señores mayores del barrio donde me crié; no mantenían ninguna relación especial entre sí, pero compartían una peculiaridad: tenían -supongo que justa- fama de borrachos, excéntricos y huraños, y a veces mientras jugabas en la acera o la arena se te quedaban mirando durante minutos sin decir palabra, pero sin perderse nada. Ninguno era hablador. Lo que pude conocer luego de sus vidas me lleva a pensar que ya lo habían dicho todo. Quizá sabían que todo lo que podían decir, sus recuerdos, su presente en aquel vecindario sin salida, sus expectativas de futuro, era gris o terrible. En su presencia me sentía incómodo, pero no sé porqué me caían bien.

A veces me sorprendo escuchando a la gente que me rodea decir obviedades sin ser capaz de despegar los labios para contestarles “Claro que sí”. En esos casos los demás creen que eres un indolente o un maleducado. Curioso, los profetas suelen acabar mal. Cuando ves el futuro es peligroso descubrir que el mundo termina en la próxima curva: te acabas sintiendo un prisionero. Lo lastimoso del asunto es que si no eres un visionario, entonces lo que sucede es sencillamente que estás troquelado según los moldes de tu comunidad, sea ésta tu ciudad, tu país o tu equipo de fútbol. No sé cuáles son las cosas que llenan el universo mental de los japoneses o de los malayos, pero está claro que en mi pueblo la gente pensante no se desvía gran cosa de la norma. Y mientras los demás repiten a grandes voces sus lugares comunes me descubro en silencio, embarrándome en charcos de perogrullo.

“…nuestras ideas bajo control

y tal vez mi guitarra, tal vez mi canción”

(Sin solución, LEÑO)


La cita y el vídeo no vienen muy a cuento, pero espero que sirvan para aliviaros la brasa que os he dado ;-)

Escribo este artículo esperando poder actualizarlo en breve, ya que no dispongo aquí de las pruebas de lo que digo.

Hace cosa de un año me sorprendió el parecido de uno de los personajes de un videojuego bélico con el entonces presidente de los EEUU, George W. Bush. Se lo comenté a varios amigos pero ninguno le dio importancia. Ahora mirando en la iTunes Store me encuentro con que la figura del poster de Company of Heroes es idéntico a Barack Obama. ¿Será casualidad?

Los americanos conceden a la palabra líder más importancia que nosotros. Tal vez sea por el sustrato germánico de su cultura. Pero cuando llegan las elecciones parece que hablan más de las capacidades de liderato de sus candidatos que de sus cualidades profesionales. No me extrañaría que intentasen influir en los fabricantes de videojuegos para proyectar la imagen de sus “líderes” en los cerebritos de los usuarios de videojuegos. Prometo actualizar esto en cuanto pueda.

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