Me entero vía Facebook de que un caro amigo se ha hecho admirador de un grupo, o página, o lobby, o secta cuyo nombre traducido al castellano es “El calentamiento global, otro mito sin probar”. Como en Facebook uno tiene que identificarse para hacer flaming, me voy a permitir publicar en este foro más anónimo mi comentario, a sabiendas de que la persona en cuestión está suscrita al feed. Y la verdad es que se me vienen a la cabeza tantas ideas y tantos argumentos que no sé por dónde empezar. Artículo por tanto que va directo a la categoría de ramblings.
El problema del calentamiento global debería ser algo que se tratase en foros científicos, y que una vez logrado un consenso aceptable se trasladase al poder ejecutivo para que, si procediese actuar en consecuencia, tomase las decisiones que hubiera que tomar. Como siempre, agitan el tema desde la prensa, y el griterío nos impide oír con claridad. Los titulares van desde “amenaza inminente” hasta “bulo infundado”. Y como en este país, ya se sabe, si la COPE dice que es de día la SER dice que es de noche, y si la SER dice que llueve entonces la COPE dice que hace sol, yo lo que hago es pasar ampliamente de la prensa. Como el primo de Rajoy ha hablado sobre el asunto, ya la tenemos liada: los del PSOE son todos de una opinión, y los del PP de la contraria. Es como nacer en Barna y ser del Atletic: presque impossible. Y así tenemos infinidad de publicaciones que, tratando el tema, en realidad no son más que afirmaciones ideológicas del autor, posicionamientos tribales al estilo de los primates que tan simpáticos nos parecen en 2001: Una odisea del Espacio y tan terribles en cualquier otra circunstancia – y si no que se lo pregunten al cráneo hendido por la tibia. Se reconocen fácilmente examinando el perfil del sujeto porque NUNCA VIENEN SOLOS. Cada vez que alguien argumenta sobre el calentamiento global desde posiciones ideológicas en vez de científicas se pueden encontrar muy cerca, a poco que se mire, variados argumentos que permiten posicionar claramente al polemista en uno u otro lado de la arena política nacional (estoy convencido de que también de la internacional, pero no tengo pruebas), ya que precisamente, posicionarse ideológicamente es la finalidad principal de la argumentación, por encima de dar luz sobre el asunto tratado.
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Dejemos de lado, por tanto, las estériles praderas mediáticas, y volvamos al meollo del tema: el calentamiento global. En primer lugar (en lugar principal), ¿porqué es un problema que debamos tratar? ¿No se calienta todo el planeta cíclicamente para luego volver a enfriarse? ¿No es por tanto un fenómeno tan natural como la sucesión de las estaciones? ¿Quiénes son esos agoreros que turban nuestra armonía con la naturaleza etc etc…? Basta, basta; ya nos estamos saliendo del tema. En cuanto se empieza a hablar de agoreros ya entramos en el plano ideológico. Si por el contrario hablamos de conspiraciones del poder para no hacer nada ante la catástrofe también pecamos por el mismo lado. Lo primero es aclarar si hay problema o no.
Es un hecho constatado que a lo largo de los siglos se han producido y se seguirán con toda probabilidad dando importantes variaciones en la temperatura media en el planeta. Sería un error, creo, pretender que se puede predecir el día y la hora en que el próximo cambio de tendencia sucederá, así como la rapidez con que tendrá lugar. En todo caso, ¿debe preocuparnos el cambio en sí? Tomemos el símil de la primavera y el invierno. Asumiendo que ahora estuviera en primavera o verano, no quisiera verme en un paisaje invernal con mis camisetas de manga corta o mis bermudas tan coquetonas. Durante el régimen soviético, millares de personas fueron deportadas desde la mediterránea Georgia hacia Siberia sin equipaje y vestidas con ropa de verano. El viaje se prolongó y llegaron a su destierro en plena temporada invernal. Muchos murieron casi igual que los mamuts que siguen apareciendo hoy día, sorprendidos por el temporal mientras llenaban sus estómagos de verde hierba. O sea, que algo tan natural como la sucesión de las estaciones es un problema Y GORDO cuando te pilla mal preparado. Para eso se han creado en todo el mundo los servicios meteorológicos, y ya puestos, a otra escala, los paraguas. En el otoño, lo que hace la gente avisada es cortar troncos y apilarlos frente a la cabaña. Luego si el invierno viene bueno, pues genial.
Nadie ha visto a la vez llegar y pasar un calentamiento global, ni una glaciación. La vida humana es demasiado corta. Hemos medido hasta dónde llegaron los hielos en la última glaciación, y sabemos que en otro tiempo Argelia era el granero de Roma. Encontramos ruinas de prósperas ciudades en medio de la arena del desierto, y constatamos que los que una vez fueron paraísos pueden, con el correr del tiempo, volverse eriales. Curiosamente, nunca he oído que los eriales se hayan vuelto paraísos en nuestra escala de tiempo. Es como sifuera más fácil estropear que arreglar. La verde Grecia de los poemas clásicos es hoy un abrasado secarral a orillas del Egeo, y los puertos de donde partieron las naves de Ulises están cegados por la tierra erosionada que los ríos han arrastrado al mar. Ningún problema: dentro de unos miles o millones de años no dudo que el paisaje se pueda haber regenerado hasta el punto de permitir alimentar a una nueva y pujante sociedad como la griega. Contemplado a escala planetaria sí que hay un problema. Los pueblos trashumantes arrasaban un paraje y se movían al siguiente, pero esa solución ya no funciona porque el mundo está lleno de gente. Oleadas de pueblos nómadas convergieron sobre el embudo que es Europa occidental y se consumieron peleando por los recursos en tiempos de Roma (germanos y eslavos) y en la edad media (tártaros, mongoles…). Antes ya había sido así, pero no tenemos historia. Los pueblos celtas, tan amados por ciertos nacionalistas del culo de botella atlántico, en realidad eran centroeuropeos. En el renacimiento aún se pudo ir a América a esquilmar lo que a los ojos europeos parecían tierras vírgenes. Y en los siglos XIX y XX se despojaron las tierras africanas a sabiendas de que estaban densamente pobladas. La ley del más fuerte.
Ahora ya no hay tierras vírgenes. Algún imbécil propone ir y explotar la Antártida: con la tecnología actual no quiero ni pensar en los resultados. Lo que tenemos es lo que hay, y cuando se acabe, pueden hablar las bombas (siempre acaban hablando) o podemos pasarlo muy muy mal. Ya se sabe, la historia esa de que los chinos también quieren petróleo. Lo de Irak puede que haya sido sólo un ensayo, que de momento ha ganado Occidente EEUU.
Por si alquien cree que divago, lo que quiero decir es que hasta ahora, los cambios más o menos irreversibles en las condiciones del medio se resolvieron con grandes migraciones a tierras vírgenes, o invadiendo otros países si había esa posibilidad. Pero con el mundo atestado no queda a dónde ir. Pensemos hipotéticamente que los diques de Holanda fallasen y su población perdiera el fértil suelo que ha tardado quinientos años en crear. ¿Serían los nuevos gitanos? ¿Una masa de millones de personas vagando sin rumbo por Europa? Ja. Si yo fuera un político holandés estaría muy atento a cuantas informaciones tuviese sobre las posibilidades de subida del nivel del mar.
Me diréis, “pero los cambios de que hablamos acontecen en una escala temporal muy dilatada, no son cuestión de diez o veinte años”. Ocho años son ciertamente “largo plazo” para un político, porque probablemente ya haya dejado el cargo para cuando transcurran. Sólo así se explican ciertas urbanizaciones en el fondo de torrenteras o en el cauce de ríos secos. Sé de un prado en un recodo del río Sella que cada cincuenta años aproximadamente es anegado por las aguas (y creedme, estando como está en el lado convexo de la curva, no es un sitio agradable para sufrir la avenida). En cincuenta años la gente puede nacer y morir, se puede forrar y arruinar varias veces, y así se explica que hoy es el solar de un idílico apartotel con su barbacoa y sus columpios para los niños. Al que se lo lleve la riada por la noche, que chille, y luego ya pediremos la indemnización a las autoridades. Volviendo a los plazos, no es lo mismo una riada que pasa en una noche a un cambio climático global, para el que se necesitarían milenios. ¿Milenios? Mar de Aral, Asia central. Hagamos fértil la estepa interminable. Tomemos agua de los ríos, edifiquemos embalses, démosle regadíos al pueblo, mejoremos la calidad de vida, creemos vergeles en medio del páramo. El sueño no duró ni diez años. Privado del aporte fluvial, el mar de Aral se seca. El régimen de lluvias se altera, el suelo se saliniza. Ahora existe Aral-Kum (desierto de Aral) en el mismo lugar donde faenaba una dinámica flota pesquera. Los barcos oxidados todavía se pueden ver varados en medio del viento y la arena. Todo ocurrió en el plazo de media vida humana. No existe tecnología capaz de devolver las cosas a su estado anterior en menos de doscientos años siendo optimistas, eso suponiendo que se empezase a poner en práctica hoy mismo. Ahora imaginad a Borat y sus compatriotas emprendiendo el magno proyecto de salvar Aral.
¿Hablamos de la Isla de Pascua? Tardaron bastante más en pifiarla (sus medios eran más rudimentarios que los actuales), y además, a cambio de sus árboles y todo su ecosistema nos dejaron estatuas de estilo étnico muy llamativo. Rompo una lanza por los habitantes de la isla alegando que, al menos, no tenían ni idea de lo que estaban haciendo.
Los ejemplos anteriores apuntan a que el ser humano puede provocar cambios radicales en el medio con mayor rapidez de la que creemos, incluso si, como en el caso de Pascua, una sola generación no basta para reconocer la transformación (recordad el robredo de Corpes, donde por muertas las dexaron a las fijas del Cid). Esta semana, conduciendo de Llanes a Villaviciosa, o sea en pleno “Paraíso natural” asturiano, intenté descubrir alguna cosa que no estuviera modificada por el hombre. Los prados, los árboles, las peñas que sobresalen entre los tojos… nada es como habría sido sin la actividad humana. No estoy diciendo que esté mal, digo que es así por causa humana, y me cuesta imaginar cómo puede haber sido ese paisaje hace doscientos años. A mi madre le cuesta reconocer su pueblo natal como era hace setenta años; tanta ha sido la deforestación, dice. En el río que cruza mi ciudad -y que puedo vadear descalzo sin mojarme las rodillas- se descubrieron hace pocos años restos del muelle donde amarraban las chalanas para atravesarlo. ¿Dónde está el agua que falta? El cambio ha sido en cien años, y de hecho, en el himno del equipo de fútbol local aún se mencionan esas barcas.
Volvamos al calentamiento global, dejémonos de talas incontroladas o especulaciones urbanísticas, que son minucias.
Punto 1 : ¿deberíamos estudiar la posibilidad o supuestos mecanismos de éste? Punto 2 : ¿es relevante la intervención humana para el cambio?
Aquí está el punto de enfrentamiento, y he aquí el meollo de la cuestión. En primer lugar, todos los charlatanes del mundo exigen a grandes voces que los científicos estudien el disparate que ellos han soltado a discusión pública: “estúdiese la posibilidad de que haya extraterrrestres entre nosotros”, “estúdiese si existe la telepatía”, “¿cómo es posible que la ciencia ignore casos como las caras de Vélmez?”, etc etc. Y yo digo, la investigación científica nace de la curiosidad, y se alimenta de la necesidad.
Claro está, la meticulosidad del método científico y el tiempo de dedicación que conlleva hace que no podamos prestarnos a estudiar mamarrachadas como las profecías de Nostradamus o ideas peregrinas (:-)) como el sexo de los ángeles. El científico parte de una hipótesis, tiene que haber algo que lo incite a estudiar el fenómeno. Yo nunca haré un estudio científico sobre el mus porque el mus me interesa un carajo, pero un matemático supongo que podría desarrollar sus teorías de los juegos a partir del mus llegada la ocasión. A veces se hacen descubrimientos por serendipia, pero en general la ciencia avanza con pasos cortos y sobre caminos seguros. Lo demás es ir corriendo por campos minados, que igual nos llevan a finales felices, o más a menudo a terribles decepciones. Hoy nos podemos reír de la expedición que financió aquel rey de Portugal en busca del unicornio, pero es que con los conocimientos de la época se estaban gastando sus dineros en algo tan trascendental como la cura del cáncer es para nosotros. Bien por el monarca.
Hablar del calentamiento global como “otro mito sin probar” supone a mi entender situar la cuestión al mismo nivel que la isla del Preste Juan, los alienígenas de Ganímedes o el terrible Yeti. Supone que estamos hablando por hablar, dándole pábulo a invenciones más o menos mediáticas inventadas por los del otro lado de la cerca política para confundirnos. Y no es así.
La discusión sobre el calentamiento global nació en el seno de la comunidad científica, cuando salieron a la luz datos sobre patrones de cambios en la composición de la atmósfera que parecían concordar con lo que se cree que pudo producir cambios climáticos en la antigüedad. Esos datos dieron lugar a las hipótesis, que darán lugar a multitud de teorías, y los estudios continúan. Sólo las matemáticas son ciencias exactas. Sólo en las matemáticas existen teoremas. Las que conocemos como leyes de la Física están sujetas a revisión si la evidencia las contradice. Así sucedió en el pasado y sucederá en el futuro, y ello no supone un fracaso del método científico, todo lo contrario. Recordemos que un investigador puede equivocarse, pero el método hasta ahora no ha fallado jamás. Mientras no se encuentra la ley que gobierna los fenómenos observados se intenta ir encajándolos, y se discute sobre la naturaleza del rompecabezas, fase en la que por lo visto estamos actualmente.
Hay algo curioso, sin embargo: en la comunidad científica no se está discutiendo principalmente sobre si se está produciendo o no un cambio climático, ni sobre sus causas, sino sobre su magnitud y efectos. Prácticamente ningún científico de renombre niega que las evidencias apuntan hacia ese cambio. Lo que se desconoce es cuán profundo será y cuáles sus consecuencias, sobre las que hay opiniones dispares. Yo he visto el famoso vídeo de Gore, y la réplica que le hicieron (y fue mucho menos publicitada) para refutarlo. Considero que esa réplica era un vídeo ad hoc, y por tanto no me chocó que repitieran el mismo argumento una y otra vez a lo largo del metraje de forma un tanto machacona (vamos, que me alineo con Gore). Pero independientemente de esto y a pesar de la disparidad de puntos de vista, creo que llamar al cambio climático “otro mito sin probar” es una equivocación gravísima.
Charles Darwin tardó años en decidirse a publicar su teoría sobre el origen de las especies por miedo a lo que podrían pensar de él quienes dominaban las corrientes de pensamiento imperantes en la Inglaterra victoriana. Se temía que, si no lo mandaban a la hoguera directamente, lo condenarían al ostracismo intelectual, equiparándolo a los charlatanes que en las ferias intentan dar gato por liebre a los papanatas, o poniéndolo al mismo nivel que los astrólogos o los cazadores de sueños. Sin embargo cuando el libro vio la luz sus ideas fueron aceptadas con una rapidez sorprendente hasta para él mismo. Y es que no se podía negar la evidencia.
Si teorías tan rompedoras como la darwiniana fueron aceptadas por la sociedad de su época (la propia iglesia jamás la ha refutado, tal vez por estar escaldada desde los tiempos de Galileo), sorprende tanta vehemencia en demostrar que un posible cambio climático -algo que ya ha sucedido en el pasado- sea un mito. ¿A qué se debe esa resistencia?
Retomemos ahora el punto 2 mencionado arriba, a saber, ¿es relevante la actividad humana para el cambio climático?
Decía el célebre detective “Cherchez la femme“. Los romanos, padres del derecho criminal, eran más pragmáticos, y preguntaban: Qui prodest?
Actividad humana… Esto empieza a parecerse a las urbanizaciones descontroladas, a las deforestaciones, al Exxon Valdez.
Aunque ya he expresado mi opinión sobre el tema, tengo claro que, independientemente de si quienes opinan que el ser humano está influyendo (agravando) en los efectos del cambio climático tienen razón o no, a ciertos agentes económicos con bastante poder y capacidad de formar opinión no les interesa estar en el punto de mira. Cuando posees los derechos de explotación forestal de media Amazonia no te puede agradar escuchar cada día decir que los árboles que cortas son imprescindibles para la supervivencia del planeta. Si todos piensan que las teorías sobre el cambio climático son un mito, nadie te señalará con el dedo, y si, llegado el caso, el mundo se va al garete, serás tú el que se pueda pagar el último litro de gasolina, la última vaca de carne, el último jardín con riego por aspersión, la última botella de oxígeno.
Y eso es lo que importa.
(El próximo post , sobre Chiquito de la Calzada. O sobre toros. O júrgol. Que no falte el júrgol)