Ayer tarde di un paseo por la orilla del río. Hacía años que no recorrría la ribera, corriente abajo, hasta el pueblo siguiente. Tardé hora y media; no está mal teniendo en cuenta que iba sacando fotos estéreo mientras caminaba. La vereda discurre paralela al río, y el río a su vez paralelo a una carretera nacional bastante transitada, aunque los coches no se ven porque los ocultan los árboles. Se escucha, eso sí, un ruido sordo que se confunde con el del agua, porque es un río salmonero que nunca calla.
El efecto mantra del canto del río es muy poderoso. Las aguas bravas hablan con fuerza, y aunque pasees a solas no te dejan adormecerte. Te aturden, sí, pero te hacen estar más alerta; sin darte cuenta te estás fijando en detalles insospechados (la cámara que llevas al hombro ayuda), y la mente vuela. De repente, al lado del río, descubrí que estaba teniendo pensamientos de anciano.
Cómo ha cambiado mi pueblo. Las casas llegan a donde hace unos años había un hermoso prado en medio de la nada. El sendero que recorro, al que sólo resta que lo asfalten para ser la típica ruta (ciclo)turística tan al uso hoy en día en este país era en mi juventud una senda estrecha por donde andábamos en fila india, y en la que resultaba difícil sortear los tramos embarrados incluso en verano. Hay menos árboles y más maleza.
Me crucé con una antigua compañera de trabajo, ya jubilada, y su marido. Me adelantaron dos chavales en bici, sin saludarme, y reconocí en uno de ellos al hijo de otro colega. Pensé “a sus años yo estaría haciendo lo mismo, pero a pie”, y las comparaciones siguieron. El camino pasa como dije junto a una urbanización de nueva planta, donde antes había un baldío. Un alto muro de hormigón me impide ver los terrenos donde los niños que viven en las casas juegan, pero se oye bullicio y se adivina un ambiente lúdico que no he vuelto a experimentar desde que dejé mi barrio, más o menos a la edad que tienen los dueños de las voces. Un poco más allá, en el campo de fútbol, descubro a la mitad de la juventud de mi pueblo, ésos que siempre me preguntaba dónde andaban, porque los parques están llenos de jubilados. En mi juventud se jugaba al fútbol en las calles entre los coches. Parecía tan natural que cuando dejas de ver niños con balones delante de las casas te imaginas que o los han secuestrado o están viendo la tele o jugando con la Playstation. Y te equivocas. Los jóvenes son gregarios, sólo necesitas averiguar dónde se reúnen. Si les plantas el campo de fútbol en un páramo, allí harán su fiesta.
Me tomé un té bien negro al llegar a casa, temiendo a cada instante la aparición de síntomas de cansancio. Nada de eso: la tarde me había dejado un descubrimiento más feliz que el que habrían tenido los padres de Hamelin. Y el río con su rozar y lavar me proporcionó una suerte de mullido electroshock gratuito que no puedo calificar de desagradable. Cuando revele las fotos actualizaré esta entrada.