He probado los primeros nísperos del año.
Ahora puedo decir que comienza el verano.
Dejé que la lengua recorriera la piel de los frutos. En Babilonia, hace 3000 años, habría experimentado la misma sensación de plenitud. Siempre pensé que el cielo era sestear a la orilla del río tras comer de un melón bien maduro. Ahora corrijo: dadme nísperos del paraíso.
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